martes, 15 de mayo de 2012

Un día de mierda. Parte VII: La Donna Spogliata


Un día de mierda. Parte VII: La Donna Spogliata

Miré ceñudo a Fabrizzio preguntándome en qué clase de tugurio me estaba metiendo. La Mujer Desnuda era un nombre un tanto sugerente para un bar, tanto o más que invitaba a pensar que apestaría a sexo ahí dentro y abundarían mujeres de mancillada reputación. El Aragonese sonrío, con lo que me pareció a mi, un deje de malicia, e hice de tripas corazón resignándome a lo qué fuera que hubiera en ese local. Yo no es que fuera un mojigato apostólico románico, pero no acostumbraba a frecuentar semejantes ambientes y los puteros siempre me habían parecido unos fracasados.

- ¡Vamos! –me animó Fabrizzio tirando un poco de mi.

Sonreí cortésmente y seguí al napolitano hacia el interior de La Donna Spogliata mientras palpaba por encima del pantalón mi teléfono móvil dentro del bolsillo, esperando una llamada de mi chica que no llegaba. Porca miseria la mía, que lo que durante todo el día había aborrecido ahora me era anhelado. Y es que me mataban más sus escasos silencios que sus abundantes insultos.

Dentro de La Donna Spogliata todo era distinto a como me lo había imaginado. Una barra larguísima flanqueaba uno de los laterales del bar y al otro lado se encontraban las mesas donde la gente conversaba y despachaba con tranquilidad sus bebidas. Todo el inmobiliario era al más puro estilo del siglo XIX: sillas de madera pomposas y tapizadas, mesas que de tan ornamentadas que estaban eran poco prácticas y lámparas de araña recorrían el techo, toda la estancia estaba empapelada en un azul celeste que hacía que me doliera el alma. No había visto horterada más cara en mi vida. Pero lo mejor de todo era lo que decoraba la pared en la que estaba la barra, un cuadro de proporciones gigantescas mostraba a una mujer tumbada de lado en la cama completamente desnuda, con el pelo moreno revuelto sobre su cara y su sexo tapado por la posición de su pierna plegada. Me quedé impresionado con la pintura, yo no tenía ni pajolera idea de arte, pero sabía reconocer algo que me impresionaba y ese cuadro lo hacía. Podía ser el realismo con el que estaba pintado o simplemente el enigma y al mismo tiempo fascinación que me producía tener que imaginarme el rostro de tan bella mujer, el cual sólo se intuía debido a su cabello. Fabrizzio tuvo el pésimo detalle de sacarme de mis cábalas e imaginaciones con respecto a ese rostro oculto con una dolorosa y sonora palmada en mi espalda.

- ¿Qué, Torinese? ¿Te gusta mi nuevo restaurante-cafetería?

Alcé las cejas impresionado de que también fuera restaurante y de que fuera suyo. Además, que eso de que fuera “nuevo” invitaba a pensar que no era el único local que tenía.

- Sí, sí. Muy bonito –mentí como un bellaco. De haber sido sincero le habría preguntado que si al encargado de la decoración le habían pagado en plomo, porque se merecía un tiro en la rodilla, siendo generosos-. Lo mejor de todo el cuadro.

Y señalé la pintura de la mujer que, según me imaginaba, daba nombre al bar.

- Muchas gracias. Me siento especialmente orgulloso de ese cuadro. Cuando le estaba dando los últimos retoques supe que no lo colgaría en la pared de mi casa, una obra como esta es para compartirla y hacerla pública, así que aproveché que ya estaba a punto de abrir el restaurante y hasta le di el nombre del cuadro –dijo mientras me apretaba el hombro con una mano, exhibiendo una sonrisa de oreja a oreja.

Estaba completamente boquiabierto con la aclaración de Fabrizzio. Él era el pintor. ¡Flipa! Me dejó tan pasmado que no supe que decir. ¿Y si me había equivocado de cabo a rabo y el Sr. Aragonese no tenía una reputación tan temible como yo me imaginaba? Bien podía ser un pintor afamado y que yo estuviera aquí juzgándolo por señalar a todo napolitano un tanto peligroso como camorrista.

-Yo no tengo ni idea de cuadros Fabrizzio, pero de mujeres sé un rato y esa es preciosa.
- ¿Sí? ¿Te parece guapa?

Asentí con la cabeza y el gesto torcido. Era algo obvio. La belleza es subjetiva, pero hay mujeres tan jodidamente preciosas que su hermosura es una verdad absoluta. Esa mujer, en concreto, estaba buena no, lo siguiente, más incluso que Federica. Y eso ya era decir mucho.

- Lo es –maticé un poco tajante para no admitir dudas al respecto sin dejar de mirar la pintura-. La única pena es que sólo se pueda intuir su rostro, me dejas con las ganas de apartarla el pelo y descubrir por mi mismo cuan guapa es de cara.

El napolitano se rió con mi comentario y me palmeó la espalda con delicadeza, lo cual agradecí un huevazo. No quería llegar lleno de moratones a casa, que a mi pálida piel no la sentaban nada bien los cardenales morados y/o rosáceos. Por lo visto le gustó mucho mi opinión ya que Fabrizzio rápidamente le indicó algo a su chófer en napolitano y este asintió con la cabeza antes de encaminarse hacia la salida. Apenas hubo cruzado el umbral el gordo silencioso su jefe pareció recordar algo importante y se lo gritó, recibiendo de nuevo una señal afirmativa de su cabeza. Agradecí mentalmente que desapareciera de nuestra vista, ese tipo no compensaba su desagradable físico con una entrañable personalidad.

- Anda, ven. Siento no invitarte a cenar Torinese, pero tengo cierta urgencia en volver con mi madre –dijo el pintor.
- No te preocupes, lo entiendo perfectamente –respondí conciliador pensando en que yo quería volver con mi novia y solucionar nuestras movidas.

Avanzamos por el pasillo central que separaba las mesas de la barra y Fabrizzio saludó con un gesto a los chavales que trabajan sirviendo a los clientes. Advertí que todos le saludaban por su apellido y con el Señor por delante, lo cual me hizo sentir en cierta manera privilegiado. Yo le tuteaba y eso producía un pequeño eco en mi ego. Incluso no me importaban las pintas que llevaba en semejante bar elitista, donde mi sudadera sucia de sangre daba el cante de narices. Al fin y al cabo entraba en esa cafetería apadrinado por el dueño. Llegamos al fondo del bar donde había un conjunto de mesas con el cartelito de “Reservado” encima de ellas y con mucho desparpajo Fabrizzio tomo asiento en la que más esquinada estaba. No me pasó por alto que se sentó con la espalda pegada a la pared y la puerta de entrada del bar enfrente suyo. Quizá fue casualidad pero algo en mi interior me hacía dudar de ese pintor con aires de “a mi nadie me tose”, pero bien podía ser que fuera uno de esos artistas excéntricos bohemios. Me senté enfrente suyo mientras él llamaba con un chasquido de dedos a uno de los camareros. Torcí los labios, yo había trabajado toda mi vida en la hostelería y esa manera de llamar la atención me parecía irrespetuosa a más no poder, opinión que me guardé para mis adentros, obviamente.

- ¿Te gusta el Moet-Chandom, Torinese? –me preguntó el napolitano.
- Esto… No sé –dije encogiéndome de hombros ante semejante ofrecimiento-. Nunca he bebido Moet.

Ni nunca pensé que lo haría, pensé sin llegar a decir, que ya debía de estar quedando como un garrulo en semejante garito de lujo y ostentación como para quedar encima de pobre. No obstante mi comentario hizo sonreír a Fabrizzio que pidió una botella de ese champán francés y tres copas. Me quedé un poco pillado ya que nosotros sólo éramos dos, pero pronto caí en la cuenta de que faltaba el chófer y suspiré con resignación. Al final el cavernícola ese nos iba a hacer compañía, yo que esperaba que hubiera desaparecido para siempre, o al menos hasta que nos volviéramos a meter en el coche y me llevara a casa. El camarero nos sirvió el champán muy diligentemente, pero la tercera copa tuvo que dejarla vacía ya que con un gesto de la mano Fabrizzio así se lo indicó. Justo en esos momentos mi móvil sonó avisando de que había recibido un mensaje y yo, como un resorte, lancé mi mano al bolsillo. Estaba tan pendiente de que Fede me dijera algo que ni siquiera percibí lo extraño que era el que me enviara un mensaje. Sólo tenía anhelo de sus palabras, de poder arreglar lo nuestro antes de que se fuera a la mierda gracias al napolitano que, muy amablemente, me había invitado a beber un champán francés de cojón y medio el litro. Que yo le agradecía al Señor Aragonese toda la buena voluntad que había compartido conmigo, pero mis únicos deseos en esos momentos era hacer las paces con mi chica. Debido a eso mi gozo quedó en un pozo cuando vi que el mensaje era de mis colegas de fútbol cagándose en mi estampa por no haber ido al partido. Suspiré dejando que el alma se me saliera por la boca. Fede seguía sin dar noticias y, sabiendo lo opresiva que era incluso en la distancia, eso no auguraba nada bueno.

- Agnese -dijo de repente el Señor Aragonese.

Levanté la vista del móvil y reparé en que Fabrizzio miraba por encima de mi hombro con esa sonrisa lobuna suya bastante suavizada. Fui a volverme para ver a quién llamaba, pero no hizo falta ya que un monumento de mujer, precedida de un orondo chófer, llegó hasta nosotros y saludó con sendos besos al pintor.

viernes, 11 de mayo de 2012

Un día de mierda. Parte VI: en el todoterreno

Un día de mierda. Parte VI: en el todoterreno.

Por lo visto llegamos hasta su coche, que como buen napolitano había aparcado dónde le salía de las pelotas, en este caso la zona para minusválidos. El misterio de por qué venía con nosotros el gordinflón quedó resuelto cuando abrió una de las puertas traseras del enorme Mercedes negro todoterreno para que entráramos Fabrizzio Aragonese y yo. Advertí que las puertas del coche tenían un grosor exagerado. Sabía sumar dos más dos y palidecí por momentos tras averiguar dónde leches me estaba metiendo. Agradecí mi actitud de cordero para con el gordo y el mazado una hora antes en la clínica. No le pises el rabo al perro que no conoces, recordé para mis adentros, que mejor es pasar por cobarde que por quirófano.

- Las mujeres necesitan que un macho alfa las ponga en su sitio, Torinese -me explicó Fabrizzio una vez dentro del coche.

Yo le miré como si me estuviera hablando en chino tras dejar la mochila a mi lado. El blindaje extra del Mercedes me había hecho olvidar completamente mi bronca con mi chica y es que cada vez tenía más claro con qué tipo de napolitano estaba compartiendo asiento en la parte de atrás de este coche y, ante esa idea, el recuerdo de Fede gritándome no parecía tan desalentador como mi inminente futuro.

- ¿Eh? -alcancé a expresar.

El Mercedes arrancó y los pestillos de las puertas se bajaron emitiendo un chasquido que sonó como un latigazo dentro de mi cabeza. Ni tirarme en marcha del coche podía, y eso que no me lanzaría ni de palo, pero siempre estaba bien saber que tenías escapatoria. El Señor Aragonese, mientras tanto, apretaba los labios y me miraba como se mira a un ignorante que desconoce que la Tierra gira alrededor del Sol. Como complemento a su explicación me enseñó el anillo de oro que lucía en el dedo anular.

- Llevo casado 12 años, Yuan, y día tras día traigo el pan a casa, pago los amplios gastos de mi mujer, sus vestidos y joyas para que se sienta como una princesa, la mantengo a ella y a mis dos hijos que estudian en el extranjero y, aun así, hay días que llego a casa después de una dura jornada laboral y mi mujer lo único que hace es ponerme la cabeza como un bombo -dijo deteniéndose un momento para suspirar mirando por la ventanilla-. Es entonces cuando la tengo que arrear un guantazo a esa desagradecida que de no ser por mi se prostituiría en la Piazza Garibaldi por la milésima parte de lo que valen las joyas que lleva en un día de diario.

La mandíbula no se me cayó hasta el suelo porque no se puede tragar saliva con la boca abierta. Yo ya sabía que las relaciones conyugales entre napolitanos eran muy distintas a las españolas, pero de ahí a escuchar sin ningún tipo de vergüenza que Fabrizzio zurraba de lo lindo a su esposa había mucha distancia. Tanta que no sabía qué era peor, que la pegara o que la llamara prostituta.

-¿Tu novia es española?
- Napolitana -balbuceé sin aliento temiendo que me aconsejara abofetear a diario a mi chica.
- ¡Ah! ¿Es por eso por lo que hablas tan bien el italiano?

Sonreí por pura cortesía y alivio. Fabrizzio en todo momento estaba siendo amable conmigo lo cual era, en cierta manera, reparador.

- Sí, básicamente -empecé a decir antes de tomar aire y continuar hablando-. Ella fue la razón de que me quedara y el italiano lo aprendí con la convivencia.

Me encogí de hombros restándole importancia pero al Señor Aragonese todo le parecía encantarle ya que no dejaba de sonreír ni por un momento. Lo que más me disgustaba y alteraba era que su sonrisa, bajo ese bigote, tuviera un aire lobuno.

- Las napolitanas son como las sirenas de la Odisea -observó Fabrizzio.

Levanté las cejas gustándome el símil y la referencia, me había sorprendido. No tenía ni idea de por qué me había hecho a la idea de que el napolitano sería un ignorante.

- Seguramente tenga razón, conoce a las mujeres de aquí mejor que yo -dije sintiéndome cada vez más cómodo-. Yo sólo conozco de verdad a una.

No se me pasó por alto que las facciones del napolitano se congelaron durante un instante y pensé que, quizá, había dicho algo que no congeniara con su parecer. Quizá fueron paranoias mías ya que, enseguida, el Señor Aragonese me siguió el hilo como si tal cosa.

- Con conocer a una napolitana basta, ¿verdad Da?

El gordo piloto asintió sin abrir la boca repetidas veces con aire de convencimiento o de no querer llevar la contraria a su jefe. Yo quería responder algo no tan machista, algo reconciliador entre ambos sexos, pero preferí imitar el comportamiento del chófer que parecía saber cómo lidiar con su jefe, así que yo también afirmé con la cabeza. Cada vez me sentía más relajado en compañía del Aragonese y es que la mosca que había tenido detrás de la oreja ya había revoloteado a otro sitio aun cuando no olvidaba mis temores sobre el posible oficio de este napolitano. Lo cortés no quita lo valiente, recordé. Aun teniendo toda la pinta de ser estos napolitanos peligrosos a mi me estaban teniendo en palmitas, así que más me valía disfrutarlo porque el partido de fútbol ya me lo había perdido y la bronca con mi novia sería inevitable cuando llegara a casa.

- Eccolo qua –dijo Fabrizzio.

Fruncí el ceño sin saber exactamente a que se estaba refiriendo y todo quedó explicado al verme zarandeado porque el todoterreno se subía a la acera para quedar allí aparcado. En mi estado de acojone perpetuo ni se me había pasado por la cabeza preguntar que a dónde me llevaban.

- ¿Dónde estamos Sr. Aragonese? –pregunté. No habíamos pasado mucho tiempo en el coche y yo había estado tan pendiente del napolitano que no había mirado por la ventanilla en ni un solo instante.
- En mi local favorito –respondió con una sonrisa-. Y Torinese, llámame por mi nombre, que el trato de Señor pone distancia entre nosotros y para mi eres como un miembro de la familia.

No tenía ni pajolera idea de a qué familia se refería, si a la del tipo El Padrino o a la de sangre, pero asentí sumisamente de nuevo con la cabeza. Me quedaría con la duda y sería feliz en mi ignorancia, que saber demasiado, en el ámbito en que creía que se movía Fabrizzio, se pagaba caro según las películas y series que me había visto.

- Como gustes Fabrizzio

El que le llamara por su nombre le agradó, ya que me volvió a soltar unos cachetes amistosos en la mejilla. Yo tenía curiosidad por saber a dónde me había llevado, por el tiempo que habíamos viajado debíamos de seguir en la parte rica de la ciudad, en el Vomero o en Mergellina. El chófer nos abrió la puerta y a mí me dedicó una mirada de enemistad que hizo que pusiera a rebufo de su jefe ipsofacto tras dejar la mochila dentro del coche. Fabrizzio pasó su brazo por mi hombro y señaló con la otra mano lo que parecía ser un restaurante o un pub. En su cartel se podía leer La Donna Spogliata*

*La Donna Spogliata: La Mujer Desnuda.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Un día de mierda. Parte V: Fabrizzio Aragonese


Un día de mierda. Parte V: Fabrizzio Aragonese.

- ¡Torinese! –escuché una voz tronar a mis espaldas viendo como Luca se levantaba como un resorte ante la presencia de quién fuese el que había hablado.

Me di la vuelta para encontrarme con el tal Fabrizzio Aragonese abierto de brazos de par en par con una sonrisa que se marcaba debajo de su espeso mostacho. Sin comerlo ni beberlo me dio un abrazo de oso y me estampo sendos besos en las mejillas. Yo no hice nada para evitarlo, aunque me hubiera gustado. Mi propósito era irme antes de tener que conocer en persona y de cerca al primo de Luca, que si el primo pequeño y sus compañeros tenían mala pinta no me quería imaginar al jefe, pero ya no hacía falta que me lo imaginara. Era un tipo de mi estatura y ancho de hombros, su pelo era negro y ensortijado. Rondaba los 40 y llevaba una camisa impecablemente planchada, en el cuello le colgaba un Cristo crucificado de oro, pero lo que más captaba mi atención eran sus ojos: negros como el carbón.

- No es de Torino, es español y se llama Yuan –matizó en mi ayuda el primo pequeño.

Yo sonreí como un pazguato mientras Fabrizzio me daba cachetadas en las mejillas con sus manos gordas como jamones. Intuía que era un gesto de agrado, pero leches, dolían de pelotas, este tipo no controlaba su fuerza.

- Así que un español hincha de la Juventus ha cuidado de mi madre. ¡Loco mundo este! –y se rió dándome buenas y dolorosas palmadas en la espalda-. ¡Bien hallado Yuan! Mi nombre es Fabrizzio Aragonese. Ahora ven conmigo Torinese, quiero presentarte a mi familia y allegados.

No, más napolitanos no, pensé queriendo echarme a llorar. Encima tenía toda la pinta de que ya me había ganado el apodo de Torinese, lo que era un aliciente más para que desapareciera de una vez por todas de Nápoles y quemar la camiseta del Newcastle. Sin rechistar acompañé a Luca y Fabrizzio hasta donde esperaban el resto de familiares a los cuales ya había estudiado a medida que iban llegando. El Aragonese mayor me presentó así a sus dos hermanas y al resto de hombres, que para mi sorpresa, eran amigos. El gordo y el mazado me saludaron con toda la amabilidad que les había faltado cuando me retuvieron en contra de mi voluntad a lo que yo les respondí con una sonrisa condescendiente.

Todo fueron palmaditas en la espalda, gestos afectuosos y eternos agradecimientos, lo que hizo que me relajara. Yo ya andaba buscando el momento idóneo para decirles a los Aragonese y compañía que yo me piraba, no quería parecer un maleducado poniendo pies en polvorosa en el momento más inoportuno. Por mucho que estos napolitanos me estuvieran agradecidos seguían sin gustarme.

-Yuan, querría expresarte mi gratitud y la de toda mi familia con algo más que palabras, por ello me gustaría invitarte a tomar algo -dijo Fabrizzio, lo que hizo que yo abriera la boca para replicarle que no hacía falta, pero el napolitano vio mis intenciones y siguió hablando-. Sé que una cerveza nunca saldará la deuda que tenemos contigo, ni siquiera todo el oro del mundo lo haría, pero es lo menos que te puedo ofrecer además de mi eterna amistad.

Tragué saliva queriendo que la tierra me tragara ahí mismo. Ahora cómo le explicaba a este pavo que su invitación me importaba lo mismo que el cambio climático. Sonreí con apuro viendo por el rabillo del ojo como Luca me observaba con sumo interés. Seguro que se estaba acordando ahora mismo de la conversación telefónica que había tenido con mi novia delante suyo.

- Yooo... Estooo...

No sabía como continuar y mis balbuceos habían captado la atención de todos los presentes, sobre todo la de Fabrizzio.

- Verá Sr. Aragonese -dije rascándome la barba que en esos momentos me picaba horrores-. Le agradezco infinitamente su buena voluntad pero me gustaría volver a casa.

El silencio que se hizo entre los presentes me gritó que estaba en la cuerda floja y que abajo me esperaba una jauría de lobos hambrientos. Cómo no, seguí dándole a la sin hueso para solucionarlo, pero lo único que hacía era cavar mi propia tumba.

- Es que he discutido recientemente con mi novia -añadí sin que a nadie le cambiara la cara por mi explicación-. Y me gustaría arreglar las cosas con ella.

Los napolitanos intercambiaron miradas entre si. Unas eran de asombro, otras decían que estaba loco. El único que se lo estaba pasando bomba era Luca, que no sabía cómo disimular esa sonrisa de hiena que se le había puesto y que me estaba dando de entera. La cara de Fabrizzio Aragonese se congeló durante un instante, como si no alcanzara a creerse lo que había acabado de decir. Después miró al resto de napolitanos como si se estuviera asegurando de que ellos también habían oído lo mismo que él y supe que no había escapatoria posible a esta encerrona.

- Estoy convencido de que puedes arreglar tus cosas con tu novia después tomarte una cerveza o lo que quieras conmigo. Con mucho gusto yo mismo te acercaré a tu casa una vez hayamos acabado -dijo posando su mano en mi hombro, mirándome muy de cerca, tanto que tuve la impresión de que el carbón que eran sus ojos se había encendido-. Por nada del mundo querrías hacerme ese feo, ¿verdad?

Eso último era una amenaza con todas las de la ley además de que Fabrizzio había hablado con tono de voz contenido, lo que me puso inevitablemente en guardia. Busqué erróneamente respaldo en Luca, pero él se limitó a cerrar los ojos y negar casi imperceptiblemente con la cabeza. Si los empleados me habían dado miedo no me quería imaginar al jefe tras negarle una invitación. Me guardé el suspiro para mis adentros volviendo a mirar a Fabrizzio y asentí con resignación.

- Está bien. Sólo permítame llamar a mi chica para decirla que llegaré tarde.

Me volví a ganar unas palmadas en la mejilla y pude ver como todos los napolitanos sonreían congraciados con mi cambio de opinión. Yo no sabía qué hacer para mejorar mi día, en el fondo de mi ser sabía que estaba condenado, era como si Dios, después de tanto cagarme en él, hubiera decidido sepultarme en mierda. La suerte estaba echada y la llamada que iba a efectuar ahora sólo ponía en evidencia que hoy no debería haber salido de la cama.

Salí a fuera de la clínica para ganar un poco de privacidad, aunque fue la justa, ya que el maromo cachalote que ya había ejercido de carcelero me siguió hasta quedarse a una distancia prudencial, imagino que por si me planteaba hacer la jugada 13-14. Marqué el número de Federica y esperé a que me lo cogiera. Mi relación con ella si no acababa hoy no acabaría nunca y lo peor de todo es que no sabía cuál de las dos opciones era la mejor para mi.

Yuan! -me dijo toda animada mi novia-. Ya he llamado a la pizzería para reservar mesa y, ah, ¿a qué no adivinas qué? ¡Me he puesto la blusa blanca que me regalaste!

Gimoteé tapando el micrófono del móvil. Ya había reservado y se había vestido con ESA blusa. Lo buena que estaba con ella puesta y lo mucho que me ponía. Que lo luciera esta noche era símbolo evidente de reconciliación. Miré en dirección a mi carcelero pensando en echar a correr, pero él me leyó las intenciones y dio un paso en mi dirección.

- ¿Yuan? -preguntó inquieta Federica por mi silencio prolongado.

¿Ahora cómo la decía yo que no podría ir? Diciéndola la verdad, cosa que no le iba a gustar.

- Fede... -comencé a decir en voz baja masajeándome una sien con los dedos-. Lo siento de veras...
- ¡No! -exclamó incrédula pero viéndolo venir-. ¡No, no, no y no!
- Te juro que yo quería volver a casa, pero los familiares de la viejecita que ayudé cuando te corté la llamada...

No me dejó continuar. No la escuché nada de lo que me gritó, yo sólo tenía la cabeza muy lejos de ahí, en mi tierra natal, donde nada de esto me hubiera ocurrido. Por respeto y empatía dejé que Fede me gritara todo lo que quisiese, encajé todos sus insultos sin pestañear y suspiré resignado cuando, cansada de ser mi novia, se puso a llorar y cortó la llamada.

Volví a dentro con el ánimo desecho. Lo que le acababa de hacer a mi novia, por opresiva, agresiva y gritona que fuera no se lo merecía. Yo acostumbraba a ser bastante capullo, pero esta vez era la primera vez que me sentía como un hijoputa. A dentro Fabrizzio Aragonese se despedía de su familia y amigos y, con un buen ánimo que yo era incapaz de compartir, fuimos hasta su coche acompañados por el empleado seboso. Yo estaba tan en mi mundo que ni siquiera me pregunté para qué nos acompañaba ese fulano. Al parecer Fabrizzio se pispó de que yo estaba con ellos sólo de cuerpo presente y con un gesto afectuoso me rodeó el hombro con su brazo.

- ¿No ha ido bien la conversación con tu novia?

Le miré con cara extrañada, preguntándome que qué pelotas le importaba a él como me sintiera yo. De no ser por él yo habría cenado una pizza parmegiana con Federica y de postre habría tenido un polvo lo suficientemente bueno como para olvidar mi mierda de día.

- Obviamente no -dije por lo bajo malhumorado.

martes, 24 de abril de 2012

Un día de mierda. Parte IV: Luca Aragonese


Un día de mierda. Parte IV: Luca Aragonese.

Me dejé caer sobre una silla después de quitarme la mochila. El napolitano musculado se sentó justo enfrente mío y se limitó a mirarme ceñudo con sus enormes brazos cruzados sobre su pecho. Yo no sabía a donde llevar mi mirada, temía que si le miraba fijamente a él se cabrearía, temía que si hacía como si no existiera también se cabrearía. La verdad es que lo tenía muy jodido para no cabrearle, así que opté por callarme y juguetear con el cordón de mis pantalones de chandal, enredándolo y desenredándolo en mi dedo. Pensaba en preguntar que qué era lo que había hecho, que por qué no podía irme a mi casa. Hasta se me pasó por la cabeza suplicarle, pero ese rostro ceñudo y agresivo desanimaba a cualquiera. Tampoco me atrevía a echar mano a mi móvil y enviar un SMS de SOS a Fede, una vez que cambié de posición en mi propia silla había bastado para que el cachalote napolitano se alterara visiblemente y yo no quería jugarme el tipo por nada del mundo. Que mi día era una mierda, sí, pero todavía podía empeorar un huevo más.

No sé cuanto tiempo me pasé así acompañado por un Hulk napolitano y silencioso. Sé que me dio tiempo a pensar en muchas cosas, en cómo me había metido en semejante berenjenal y en cómo escapar de él, fundamentalmente. Abandoné la introspectiva a medida que empezó a llegar a la clínica más y más gente, todos conocidos del napolitano gordinflón, los cuales se fueron saludando con muchos abrazos y muchos besos. Conté cinco hombres y dos mujeres, todos muy variopintos, algunos tan impresentables como mi guardaespaldas y su compañero seboso, otros de gente de pasta por como iban vestidos. Unos jóvenes y otros más viejunos. Si algo compartían todos es que, tras hablar con el gordo miraban en mi dirección y me echaban una ojeada. Por la expresión de sus rostros puedo asegurar que generé todo tipo emociones: unos me miraron con curiosidad, otros con admiración, una mujer me sonrió y la otra fingió un escupitajo. Eso era malo, muy malo. Mi máxima premisa en la vida era pasar desapercibido.

Llegaron dos tipos más a la vez, uno que sería un poco más mayor que yo y el otro que rondaría los 40. Ambos saludaron a todos los presentes con sendos besos y los que ya habían llegado compartieron palabras con el más mayor, que por su cara parecía que le estaban dando un pésame. Este finalmente desapareció guiado por la enfermera que había arruinado aun más el día y pensé que por fortuna ese no había reparado en mi, pero el que rondaba mi edad ya se encargó de informarse bien, porque tras charlar larga y tendidamente con el seboso mirándome en todo momento decidió acercarse hasta donde estábamos mi carcelero y yo. Hablaron entre ellos en dialecto napolitano y yo les miraba expectante, rezando a aquel Dios, del cual me acordaba sólo para cagarme en él, para que mi encierro involuntario llegara a su fin. Con una palmadita en la espalda el joven despidió al mazado y me quedé a solas con él. Tuvimos un duelo de miradas al más puro estilo western de Sergio Leone durante unos segundos de silencio hasta que, finalmente, el napolitano se sentó a mi lado.

- ¿Cómo te llamas, torinese?

Sonreí con apuro, por lo visto ya era mundialmente conocido como un aficionado de la Juventus, lo cual era un billete de ida hacia el infierno en la ciudad en la que vivía actualmente.

- Me llamo Juan, y soy español.

Me quedé callado esperando que esa matización de mi verdadera nacionalidad ayudara a caerle majo. Al menos, en Nápoles, los españoles tendíamos a caer bien, al fin y al cabo somos sus primos hermanos lejanos. Causó el efecto deseado, porque con una sonrisa estiró la mano para que se la estrechara.

- Un placer Yuan, mi nombre es Luca Aragonese.

Le di la mano acostumbrado a que los italianos me llamaran como la moneda de China* y me quedé sonriendo como un panoli sin añadir nada más, gesto que sirvió para que el tal Luca siguiera hablando.

- Lo primero de todo es darte las gracias por ayudar a mi abuela Carmilla a llegar al hospital –explicó Luca-. Y de segundo pedirte que disculpes las molestias que te hayan podido causar mis compañeros de trabajo al retenerte aquí. Obedecían órdenes de mi jefe y primo Fabrizzio, el que ha venido conmigo. Tiene mucho interés en conocerte para darte las gracias personalmente una vez haya visto el estado de su madre.

Mi cuerpo se derritió en esos momentos y se me puso una sonrisa de alivio que seguro notó Luca. Así que sólo era eso, darme las gracias. Suspiré quitándome toneladas de nervios sin que me importara en esos momentos el que me hubieran jodido el partido e hicieran que temiera por mi integridad física, por el contrario me entraban ganas de darle un abrazo.

- Ojalá lo hubieran dicho tus empleados –dije y me apuré a explicarme dado que mis palabras habiendo puesto ceñudo a Luca-. Es que me obligaron a quedarme sin darme ninguna explicación y yo no sabía a qué atenerme.

Luca asintió con la cabeza como si le importara una mierda, lo cual me imagino que sería verdad ya que había dicho que el gordo y el mazado obedecían órdenes. También se había disculpado por el comportamiento de sus compañeros, así que me había coronado como imbécil abriendo la boca. Lejos de achantarme por esa sensación de que cuanto más hablo más la cago seguí erre que erre.

- Oye, Luca, dile a tu primo que no hace falta que me de las gracias en persona, que le agradezco de mil amores su intención, pero tengo cosas más importantes que hacer y ya me he retrasado bastante.
 - “Cosas más importantes que hacer” –repitió como si fuese una letanía Luca.

Yo lo único que quería era pirarme y poner tierra de por medio entre nosotros, que estos napolitanos no me gustaban una pizca y eso que se suponía que yo era el héroe del día. El tipo me miraba como si no acabara de creerse lo que le había dicho y por un momento vi en sus ojos un destello de violencia que me acojonó, así que me apresuré a deshacer el entuerto.

- Que no pretendo molestar.

Eso fue lo único que se me vino a la cabeza en esos momentos y por lo poco que se movieron las facciones faciales del napolitano no supe el efecto que causaron. El silencio que se hizo no auguraba nada bueno, silencio que fue roto por la llamada entrante de mi móvil. Me excusé con un gesto y metí mano a mi bolsillo apresurado. Tenía ganas de hablar con alguien normal que no me diera miedo, incluso aunque fuera mi novia.

- Fede... –mi tono de voz sonó tranquilizador pero al otro extremo de la línea escuchaba la respiración entrecortada por los sollozos de ella.
- ¿Podemos hablar sin discutir, Yuan?

Cerré los ojos pasándome la mano por la frente y asentí con la cabeza aunque ella no pudiera verme. El que no me quitaba la vista de encima era el napolitano.

- Sí, claro –accedí. El tono de voz de Federica hacía que tuviera ganas de disculparme por todo, incluso por lo que no había hecho.
- Por favor, sólo quiero que vengas a casa, cenemos algo y hablemos de nosotros –hizo un silencio que me imagino estaba destinado para que yo lo llenara, cosa que no hice-. He charlado con mis padres y he pospuesto la cena de mañana para otro momento, uno en que los dos estemos bien.

Pestañeé repetidas veces sin dar crédito a lo que oía. ¿Federica envainándosela? Sí, ya, claro, por supuesto. Demasiado bonito para ser verdad. Mi cabeza ya estaba pensando a toda velocidad dónde podría estar la trampa pero un simple vistazo a Luca Aragonese valió para que me animara a acceder. Lo que fuera con tal de quitarme a esos extraños napolitanos de encima.

- Ahora creo que estoy en el Vomero, Fede. Dame una media hora para que llegue a casa y te invito a cenar en la pizzería Cavour.

Yo no es que quisiera dármelas de espléndido ni tampoco pretendía sugerir que mi invitación era una manera encubierta de pedirla disculpas. Simplemente mejor arreglar nuestras diferencias en la pizzería de debajo de casa, donde, al menos, Federica me gritaría lo justo por no quedar en evidencia delante de los dueños, los cuales nos eran más que conocidos dada la frecuencia con la que íbamos allí a cenar. Eso pareció gustarle ya que le cambió el tono de voz y me despidió con alegría.

Suspiré con resignación habiendo encontrado la manera de salir de la sartén para caer en las brasas. Cambiaba a unos desconocidos napolitanos por mi novia, y que me aspen si eso era un buen cambio. Minimización de daños lo habrían llamado los políticos. Más vale malo conocido que bueno por conocer, pensé. Devolví mi atención a Luca el cual no me había dejado de observar en ningún momento. Si me había estado escuchando ya se habría dado cuenta de que tenía toda la intención de pirármelas de ahí. Me dirigió una mueca que se podía traducir por “tú mismo” o “yo que tú no haría eso”. Eso sí, sus ojos no daban lugar a equívocos, el napolitano se divertía, y yo no tenía ni idea de por qué. Estás jodido Juan, pensé sintiendo el creciente temor de que los ojos de Luca escondían algo sumamente tenebroso.


* El abecedario italiano no contiene la letra "j" y por tanto fonéticamente los italianos no saben cómo pronunciarla, de ahí que el sonido de la "j" sea más bien como una "i" 

lunes, 2 de abril de 2012

Un día de mierda. Parte III: La encerrona.

Un día de mierda. Parte III: La encerrona.

- Scusi! Scusi!

Me giré para encontrarme con que la que parecía una enfermera se dirigía a mi. Me señalé con la mano sin saber a quién se refería, pero bien claro estaba que sólo podía ser yo. El taxista había desaparecido y no había nadie más en la entrada de la clínica.

- Hola... –saludé con hastío.
- ¿Ha traído usted a la señora lastimada verdad?

Asentí con lentitud y con una cara que dejaba claro que no me gustaba tener que responder que sí. Esa enfermera me iba a liar, lo sabía. La pesadilla continuaba y yo me dejaba arrastrar sin remedio hasta sus fauces.

- ¿Es familiar de la señora Sparazza?
- No.

La enfermera se me quedó mirando con los brazos cruzados como si aquello no le hubiese cuadrado y suspiré llevando la mirada al suelo sin ninguna puta gana de explicar lo sucedido. Pero ella no estaba dispuesta a soltarme tan fácilmente.

- ¿Entonces usted quién es?
- Un gilipollas cualquiera –respondí en voz baja resignado a mi suerte.

A esas alturas de la conversación la enfermera ya se había pispado de que yo no era italiano y la mirada que me dirigía ahora era de curiosidad. Yo, por no mirarla a los ojos, llevé mi vista hasta mis manos y las froté entre sí quitándome la sangre seca con movimientos bruscos y enfurecidos. Puesto que la enfermera ahora no abría la boca ni preguntaba nada tuve la necesidad de llenar ese silencio y, a trompicones, comencé a contarle mi infierno particular.

- Mire, tengo un día de mierda, mi novia se quiere adueñar de mi alma, mi trabajo es un contrato indefinido de esclavitud y yo lo único que quería hoy era jugar al fútbol con los amigos. Esa señora ha tenido la desventura de escalabrarse delante mío y arruinarme al partido. Así que aquí estoy, embadurnado de sangre que no es mía con ganas de poner fin a mis miserias y a mi vida –respiré profundamente volviéndome a centrar en limpiarme la sangre-. Ahora, si es tan amable, por favor, dígame en qué parte de Nápoles estamos para que me pueda ir a tomar por culo.

Los ojos de la enfermera me habían dejado de estudiar y ahora había en ellos cierto grado de admiración. Me dedicó una sonrisa radiante que, como un rayo de sol, puso un arco iris en el gran nublado que se había convertido mi día.

- ¿No querría antes pasar por uno de los lavabos de la clínica y limpiarse antes de marcharse? Ha sido muy amable ayudando a la señora Sparazza hoy.

Me quedé impactado con cara bovina. Era la primera vez en lo que iba de día que alguien me sonreía y me trataba con amabilidad. Se me pasó por la cabeza pedirla matrimonio, pero me pareció un poco fuera de lugar. En su lugar decidí que era mucho mejor sonreír, asentir con la cabeza y seguirla al interior de la clínica.

Ya en el baño pude verme en el espejo y he de decir que me di asco. Mi aspecto era lamentable, la sangre de la vieja se había secado en las mangas y la pechera de mi sudadera, dándome un aspecto de carnicero psicópata de película de miedo ochentera, sudadera sangrienta que hacía juego con mis greñas y mi barba de tres días. Me dio la risa tonta mirándome en el espejo, una de esas risas retorcidas carentes de humor con las cuales uno se despolla de su suerte por no pegarse un tiro en la cabeza. Abrí el grifo y, tras arremangarme, metí las manos debajo del chorro de agua y me lavé la cara. Me molesté un poco en limpiar el lavabo, el cual había dejado perdido de sangre, y mojando toallas de papel me limpié la sudadera en la medida de lo posible, aunque más que limpiar lo que hice fue esparcir las manchas. A esas alturas del día yo ya había alcanzado la ataraxia, mi mente y mi cuerpo de tanto que se habían visto sacudidos por los estados más inclementes de cabreo y hastío habían optado por relajarse como una única manera de seguir vivo, lo cual agradecí de todo corazón.

Salí del baño mirando el reloj en el móvil. De todas todas iba a llegar tarde y yo no tenía un chavo como para pagarme un taxi y llegar a tiempo al partido. Opté por enviar un mensaje a los colegas diciéndoles que llegaba tarde y que ya lo sentía. En el momento en que supiera exactamente dónde coño estaba ya estimaría cuánto tardaría en llegar, así que fui para el mostrador de recepción a preguntárselo a la enfermera que me había sonreído unos minutos antes. La mujer ahora atendía a dos tipos genuinamente napolitanos, ambos lucían oro en dedos, cuello y muñecas, además de vestir como si vinieran de hacer deporte, cosa que ponía en duda ya que a uno era más fácil saltarle que rodearle y el otro tenía unos músculos tan abultados que seguro añadía productos complementarios no legales a su rutina diaria de ejercicios en el gimnasio. No me preocupe demasiado por ellos y caminé en dirección al mostrador. La enfermera al verme me señaló con un dedo sin dejar de hablar con los napolitanos y eso hizo que pestañeara repetidas veces. No alcanzaba a oír de que estaban hablando pero, visto lo visto, yo era el centro de la conversación. La mirada que me echaron los dos tipos la calificaría de perforante, yo no sabía qué pasaba conmigo, así que en mi ignorancia seguí con mi plan establecido de preguntar dónde leches me encontraba exactamente.

- Perdone, enfermera, me podría decir cómo llegar a...
- Tú no te vas a ningún sitio –me dijo el tipo gordinflón cortándome de cuajo y señaló un conjunto de sillas con un dedo-. Tú te sientas ahí calladito.

Me quedé a cuadros con el napolitano pensando en qué era un puto gilipollas prepotente sin cuestionarme si quiera por qué me ordenaba que me sentara, y abrí la boca para replicarle, pero el otro tipo, el cachalote, se había cernido sobre mi, pegando su pecho a mi hombro, obligándome a quedar atrapado entre su cuerpo y el mostrador. Yo ya no sabía siquiera a dónde mirar pasando mi mirada de un napolitano a otro acojonado. Yo en mi vida había sido un tipo violento, mi especialidad era quejarme y mentar madres, llevarme hostias más que darlas, y el semblante agresivo y nada transigente con la que ambos tíos me miraban me pusieron los huevos de corbata. A esa distancia de ellos podía apreciar los dientes amarillentos del que me había hablado y podía oler el pestazo a tabaco del mazado.

- Yo... –comencé a decir.
- Tú te callas –me matizó el alto presionándome con una mano en mi hombro con fuerza.

A la desesperada dirigí una mirada a la enfermera, a ver si ella podía salvar mi pálido culo, pero estaba muy atareada consultando cosas en la pantalla de su ordenador, tanto que parecía completamente ajena a lo que estaba ocurriendo delante de sus narices. Me cagué en la madre que la parió mentalmente, echándola la culpa de mi última desgracia con una mirada. De no ser por su sonrisa y su amabilidad yo ya estaría lejos de esta clínica camino de mi partido fútbol. Encima la pava no tenía ni la decencia de ayudarme con estos tipos. Estaba solo en esto, fuera lo que fuera. Mi móvil comenzó a sonar y vi un rayo de esperanza en forma de la pesada (bendita ahora) de mi novia. Con la mirada pedí permiso a los dos matones señalando con un dedo a mi bolsillo. El gordito siguió con la vista mi dedo y negó con la cabeza como si le hubiera decepcionado, pero bien que sonreía el cabrón cuando en napolitano le dijo algo a su compañero de lo cual sólo entendí “torinese”. El que no pasaría un control antidoping ni de coña apretó con más fuerza mi hombro y yo cerré los ojos suspirando largamente. Querría haberme dibujado un punto en la frente con un letrero que pusiera “Inserte bala aquí” y también hubiera querido explicarles que yo era tifoso del Napoli, que esa camiseta que asomaba era la del Newcastle, no la de la Juventus, pero los gentiles sujetos ya me habían indicado dos veces que no hablara, y temía que de hacérselo repetir una vez tuviera consecuencias nefastas para mi integridad física. Mi día no lo arreglaba ni Cristo resucitado, así que menté a su inmaculada madre en mi lengua materna mientras me volvía a meter la camiseta por dentro de los pantalones. La alegre melodía de mi móvil puso una peculiar banda sonora al apuro que sentía por mi vida, pero eso pronto dejó de preocuparme ya que el mazado dopado me llevó agarrado del hombro hasta lo que parecía ser una sala de espera y se quedó allí, conmigo, haciéndome compañía.

lunes, 26 de marzo de 2012

Un día de mierda. Parte II: la abuela.

- Mecagüen Dios...

Dios, en su sabiduría infinita, se estaba descojonando de mi, y es que el día de hoy estaba torcido y no había manera de ponerlo a derechas. Tan desbordado me sentía que ya se me pasaban por mi mente pensamientos absurdos, como disculparme ante Federica, echar un polvazo guarro y cenar con sus padres mañana olvidándome del partido entre el Nápoli y la Juventus. Me quité de la cabeza semejantes ideas, ya era mayorcito como para saber apoquinar con mis actos y sus consecuencias y, en el fondo de mi ser, sabía que lo único que quería es que todo se fuera a la mierda con Federica. Una relación de pareja no se podía sostener sólo con polvos, por muy buenos y satisfactorios que fueran estos, que ni con ella ni sin ella sabía vivir y más me valía que fuera recuperando el viejo hábito de las pajas para ganar en calidad de vida. La masturbación, al contrario que las mujeres, no daba dolor de cabeza.

En todo eso iba pensando cuando Federica me llamó al teléfono por enésima vez. Bufé llevando mi mano al bolsillo donde estaba mi móvil y me pregunté cuántas veces me habría llamado durante mi viaje en metro fuera de cobertura. Esta vez sí que se lo iba a coger y me iba a ciscar en todos sus muertos, sólo por quitarme la mala leche de encima. Salí ya de la boca del metro y me llevé el dichoso artilugio a la oreja.

- Me quieres dejar en paz por un puto día, Federica. Estamos juntos para lo bueno y para lo malo, pero joder, no para absolutamente todo, coño.
- Pezzo di merda! ¡Te llamaba para disculparme!

Suspiré notando que a mi novia se le agrietaba la voz a punto de llorar a moco tendido mientras bordeaba la Piazza Amadeo. Al menos por el momento manteníamos abierto el diálogo hablando ambos en italiano.

- Sí, ya, como en tu último mensaje... Anda que no te conozco, primero te ciscas en mi, después me pides disculpas, y si todo eso no funciona acabas llorando para hacerte la víctima y apelar a mi compasión.

Aparte el móvil de mi oreja unos centímetros tras acabar de decir eso. Mis temores eran fundados ya que Fede empezó a gritarme como una energúmena en su dialecto. Ella seguía berreando cuando me detuve en una calle para dejar que pasara un taxi antes de que cruzara yo. Me cagué mentalmente en los muertos del taxista porque tuvo la lindeza de pararse justo delante mío, obligándome a bordear su coche, cuando una abuela abrió la puerta trasera y, ayudada de una cachaba trató de salir. Digo que trató porque el bastón se le resbaló y paró la caída con los morros en vez de con las manos.

- Vaya hostia a lo Fidel Castro –admiré en español sin atreverme a reír, el trompazo había sido de órdago.
- ¡¿Qué?! –me gritó mi novia desde el móvil que no había entendido lo que había dicho.

La abuela apenas podía levantarse por su propio pie, el cual había dejado dentro del taxi, y su nariz era un auténtico manantial de sangre.

- Fede, te llamo luego, que una abuela se acaba de escoñar delante mío –y colgué sin esperar a recibir respuesta.

No tengo ni la más remota idea de por qué ayudé a esa abuela, imagino porque dentro de lo que cabe no soy tan mala persona, o puede que sí, ya que con la excusa de echarla una mano me había quitado de encima a Federica, o eso pensaba yo, ya que mientras ayudaba a la señora a reincorporarse mi móvil se puso a sonar de nuevo. Con la melodía de fondo de mi móvil ayudé a la señora a levantarse que no paraba de lamentarse y llorar. No era para menos, su nariz había adquirido un ángulo tan raro que daba grima sólo mirarla. El taxista, por fin se digno a salir del coche para ver que ocurría y con muchos “Dio mio” y “Santa Madonna” de por medio la volvimos a meter en el taxi. Mi sudadera se había manchado tanto de la sangre de la abuela que blasfemé en mi idioma natal, cosa que no pareció importarle una mierda ni al taxista ni a la señora. La nariz de la abuela seguía chorreando sangre a mansalva y el profesional del volante me arrojó una caja de pañuelos para detener la hemorragia. Yo en el fondo no sabía lo que hacía, lo único que trataba era reconfortar en la medida de lo posible a la señora, que por azares de la vida tenía un aire a mi propia abuela. Ni me di cuenta que el taxista se había puesto en marcha, atareado como estaba yo impidiendo que la abuela se desangrara delante de mis propias narices. La caja de pañuelos no sirvió ni para tomar por culo, más útil habría sido un cubo porque anda que no sangraba la señora. Ella no dejaba de encomendarse a Cristo, a la Virgen y a Dios a la par que yo me iba ciscando en cada uno de ellos. Contraste de culturas, pensé. El taxista conducía como un poseso y no sabía si me hablaba a mi o a la abuela cuando informó que iba para el hospital San Gennaro. La abuela le respondió en un napolitano tan estrecho que me pareció chino, que sirvió para que el taxista diera un giro de 180º con el coche que hizo que me estampara contra la puerta.

Enseguida llegamos a lo que parecía el parking de una clínica privada y entre el taxista y yo sacamos a la señora que nos daba mucho las gracias. Por mi cara espero que entendiera que sus gracias me importaban lo mismo que el rito de apareamiento del cangrejo de río, yo en mi cabeza tenía fija la idea de que llegaba tarde a la pachanga con los amigos y encima mis ropas estaban bañadas en sangre de abuela. Quién cojones me mandaría a mi meterme donde nadie me llamaba, suficiente calvario ya era mi día como para encima tener que hacer de buen samaritano. Menos mal que unos enfermeros salieron cagando leches a recibirnos y se encargaron ellos de la abuela. Yo pensaba que ya había cumplido y sin despedirme ni entrar en la clínica siquiera me disponía a pirármelas de allí, estuviera en la zona de Nápoles que estuviera. Esto parecía el Vomero, la zona rica-pija de la ciudad, donde Nápoles parecía la ciudad europea cosmopolita que no era en la mayoría de sus barrios. De ser así el taxista me había alejado de mi destino. Me llevé las manos a la cabeza con ganas de llorar y reír cuando mi móvil comenzó a sonar. Corté la llamada de Federica del tirón y me quedé un rato largo mirando mi móvil en completo silencio. Mi día no es que fuera una mierda, ya había alcanzado niveles dantescos y ahora se me antojaba apetecible un suicidio.

Continuará.

martes, 20 de marzo de 2012

Un día de mierda. Parte I: de camino al partido.

Me animo finalmente a subir este relato por partes el cual todavía no he acabado. Debido a que me estaba quedando más largo de lo que un principio imaginé, que no me gustaría que se hiciera tedioso para el lector y por consejo de un amigo aquí dejo lo que sería la primera parte. De ir todo bien iré subiendo cada semana una de las partes.

Este relato se lo dedico a mi padre, que entre broma y broma contándole mis peripecias por la fascinante ciudad de Nápoles acabó saliendo la idea original de este relato.

Un día de mierda. Parte I: De camino al partido.

- Me cago en mi puta vida...

El hombre que se encontraba sentado enfrente mío dentro del metro me miró, imagino, que porque se pensaba que me dirigía a él. Yo había pensado en voz alta en español, mi lengua materna, así que el napolitano, como seguramente fuera, no habría entendido ni zorra. Estaba tan hastiado que me importaba tres cojones lo que la gente pudiera opinar de mi. En el fondo estaba deseando que alguien me tocara la picha lo más mínimo para saltar y pagar con él la mierda de día que llevaba encima. Lo peor de todo es que el día de hoy no se diferenciaba mucho del resto, lo que resumía la precaria vida que llevaba encima. Mi curro en una pizzeteria con un jefe con aires a Mussoulini y una novia napolitana eran mis principales fuentes de cabreo diario. Nápoles y sus vecinos sólo se encargaban de ponerme la puntilla al día a día. Menos mal que era viernes y tenía partido de fútbol con los amigos. Correr y dar patadas a un balón se me antojaba jarto calmante, una anestesia para el dolor de huevos en que se había convertido, otra vez, mi día.

Este había comenzado como de costumbre, con un tazón de cereales de chocolate y Federica dándome la chapa desde que abría el ojo. En el fondo mi novia a esas horas no me aburría demasiado, yo me despertaba en modo zombi, ella hablaba y hablaba y yo callaba y rumiaba cereales mientras asentía sin ton ni son a lo que fuera que me estuviera contando. Ventajas de no ser persona hasta que tomara el primer café del día, café que por supuesto me tomaba fuera de casa, a ser posible a dos paradas de metro de distancia de Fede, como mínimo. Hasta ahí lo de todos los días, pero la normalidad cotidiana de mis mundanas e inmundas mañanas se fue a tomar por culo cuando Federica me recordó que mañana vendrían sus padres a cenar a nuestra casa. Yo tenía la certeza de que su padre había elegido esa fecha adrede, que no me tragaba y siempre procuraba recordarme que no era digno de su hija cuando ella no estaba presente, además de que siempre trataba de hacerle ver a su hija que ella era una princesa y yo un sapo, y que por mucho que me besara y me follara (eso era lo que más le dolía a mi suegro) nunca me convertiría en un príncipe. La cosa, como iba diciendo, es que el padre, con su visita, se disponía a tumbarme el partido del Napoli contra la Juventus de Turín que el sábado por la noche se celebraba en el estadio San Paolo en Nápoles, partido cuya entrada tenía comprada desde hacía tres semanas y que, obvia decirse, me mordía los huevos por ir a ver en directo con todos mis amigos napolitanos. Napolitanos y turineses se odiaban mutuamente al estilo de los palestinos y los judíos y, siendo los napolitanos marrulleros como sólo un terrone* podía serlo, prometía ese partido espectáculo tanto dentro como fuera del terreno de juego, lo que no era cosa baladí. Cuando le mencioné el partido a Federica y que su padre me hacía la púa completamente aposta ella se puso en modo drama gritándome que si el fútbol era más importante que su familia, que si no tenía vergüenza, que ya no la amaba, que nunca hacía nada por ella y mucho blablablablabla que me la traía al fresco a esas horas de la mañana, todo ello seguido de portazo en la cocina y un desgarrador llanto al otro lado de la puerta. Con la resignación de quien sabe que la batalla está perdida de antemano interrumpí mi desayuno y fui hasta nuestro dormitorio donde Fede lloraba como una magdalena sobre la cama. Básicamente nuestra discusión se puede resumir en que nos pusimos a parir, ella a mi en dialecto napolitano y yo a ella en español, lo que sólo consistió en que cada uno de nosotros se desfogara sin ninguna intención de reconciliación. Al fin y al cabo ni ella entendía el español ni yo el napolitano y así era como más nos gustaba discutir.

Todo eso ocurrió antes de las 8 de la mañana y yo me fui para el tajo más encendido que el ojo de Sauron. El resto de mi día laboral fue tan mierdoso como venía siendo costumbre pero, sumándole una discusión mañanera con Federica, se convirtió en una tragedia griega. Era uno de esos días en los que me cagaba en mi puta vida entre pizza y fritattina* que servía a los vía andantes que se paraban en el puesto en la calle donde yo trabajaba, jurándome y perjurándome que volvería a España de una vez por todas. Juramento, sea dicho de paso, que me había hecho muchas veces con anterioridad y que me pasaba por el forro de los huevos cuando Federica y yo arreglábamos nuestras diferencias como las solíamos arreglar: con sexo sucio y sudoroso. Fue básicamente esa la razón por la que me acabé quedando en Nápoles tras ir a visitar a un amigo mío de Erasmus en esta ciudad, donde conocí a Federica a través de una amiga que tenían ambos en común. Después de nuestro primer y pasional polvo decidí quedarme una temporada en Nápoles y de eso ya hacía dos años. Si fuera deshonesto diría que Federica me engañó para quedarme, pero yo sé que la culpa de mis desgracias en Nápoles las tenía mi polla.

La cuestión es que no tenía pinta de que fuéramos a arreglar la discusión de esta mañana con un protocolario intercambio de fluidos. Y lo digo por mi, porque Federica no dejó de llamarme al móvil durante toda mi maldita jornada laboral. Yo, obviamente, no la cogí el teléfono, no porque no quisiera que interrumpiera mi trabajo, si no porque pasaba de escucharla incluso en el hipotético caso de que llamara para disculparse. Conté 17 llamadas perdidas suyas cuando acabé de trabajar, lo que no es mal promedio para las 8 horas que estuve trabajando, pardiez. Federica, aparte de follarme como Dios manda, le gustaba atarme muy en corto. Como guinda del pastel recibí un mensaje suyo en el que, sin mucho decoro ni feminidad por su parte, me mandaba a tomar por culo, mensaje que ni me molesté en contestar antes de entrar en la estación de metro de Campi Flegrei. Una vez dentro del vagón me desplomé sobre el primer asiento que pillé y me limité a mirar antes de que el metro se metiera bajo tierra antes de llegar a la parada de Mergellina y todo se quedara a oscuras, momento en el que comencé a blasfemar en voz alta contra mi día en particular y mi puta vida en general. El hombre que estaba sentado enfrente mío pareció acostumbrarse a que hablara solo en una lengua extraña, o puede que sólo se limitara a ignorarme, opción por la que más me inclinaba. Yo respiraba profundamente tratando de hacer de tripas corazón, pero la idea de volver a mi país natal rondaba mi cabeza como si de una mosca cojonera se tratase. Tan abstraído estaba en mi mala hostia que ni me entere de cuando el fulano de enfrente se bajó del metro, imagino que en Mergellina, porque ya estaba a punto de llegar el metro a Piazza Amadeo, mi punto de destino.

Suspiré con hastío cuando la voz femenina y enlatada del metro anunció que ya estábamos llegando a mi parada. Sobre un hombro me coloqué la mochila en la cual llevaba la ropa del curro. Siempre me cambiaba en la pizzeteria para ir al fútbol, llegaba tan pillado de tiempo al campo, si no con retraso, que prefería saltar directamente al terreno de juego donde me esperaban mis colegas. Esperé agarrado a una barra a que el metro se detuviera y reparé en que ciertos napolitanos me miraban como si pudieran leer en mis rasgos genuinamente mediterráneos que yo era extranjero. Me quedé flipando por la mirada de asco que me echo un pintas con el flequillo asomándole por debajo de la visera de la gorra y decidí que lo más sabio sería ignorarle. Puestos a volcar mi mala hostia del día sobre alguien mejor hacerlo con alguien que no tuviera mala pinta, lo que en Nápoles era difícil ya que todos los napolitanos parecían recién salidos del rodaje de Gomorra. Además, yo no tenía ni puta idea de por qué le había caído mal, así que cuando se paró el metro y se abrieron las puertas me bajé sin mirar atrás. Fue entonces cuando me pareció escuchar a mis espaldas “torinese schifoso”* y comprendí que yo era profundamente subnormal: en mi cabreo mañanero con mi novia había escogido la camiseta titular del Newcastle (un recuerdo de mi estancia en aquella ciudad anglosajona) para jugar el partido de fútbol con los amigos, camiseta que compartía los mismos colores con la Juve y que asomaba por debajo de mi sudadera. Me metí la camiseta por dentro de los pantalones sin querer avivar más odio en el resto de mis vecinos y me volví a cagar en mi puta vida otra vez antes de empezar a subir la empinada cuesta que me sacaba del metro y desembocaba en la Piazza Amadeo.

Continuará.


*Terrone: nombre despreciativo con que los italianos del norte se referieren a los del sur. Literalmente significa "quien trabaja la tierra" 
*Fritattina: bollo frito hecho con pasta
*"Torinese schifoso": "turines asqueroso"