Un día de mierda. Parte VII: La Donna Spogliata
Miré
ceñudo a Fabrizzio preguntándome en qué clase de tugurio me estaba
metiendo. La
Mujer Desnuda
era un nombre un tanto sugerente para un bar, tanto o más que
invitaba a pensar que apestaría a sexo ahí dentro y abundarían
mujeres de mancillada reputación. El Aragonese sonrío, con lo que
me pareció a mi, un deje de malicia, e hice de tripas corazón
resignándome a lo qué fuera que hubiera en ese local. Yo no es que
fuera un mojigato apostólico románico, pero no acostumbraba a
frecuentar semejantes ambientes y los puteros siempre me habían
parecido unos fracasados.
-
¡Vamos! –me animó Fabrizzio tirando un poco de mi.
Sonreí
cortésmente y seguí al napolitano hacia el interior de La
Donna Spogliata
mientras palpaba por encima del pantalón mi teléfono móvil dentro
del bolsillo, esperando una llamada de mi chica que no llegaba. Porca
miseria la mía, que lo que durante todo el día había aborrecido
ahora me era anhelado. Y es que me mataban más sus escasos silencios
que sus abundantes insultos.
Dentro de La
Donna Spogliata
todo era distinto a como me lo había imaginado. Una barra larguísima
flanqueaba uno de los laterales del bar y al otro lado se encontraban
las mesas donde la gente conversaba y despachaba con tranquilidad sus
bebidas. Todo el inmobiliario era al más puro estilo del siglo XIX:
sillas de madera pomposas y tapizadas, mesas que de tan ornamentadas
que estaban eran poco prácticas y lámparas de araña recorrían el
techo, toda la estancia estaba empapelada en un azul celeste que
hacía que me doliera el alma. No había visto horterada más cara en
mi vida. Pero lo mejor de todo era lo que decoraba la pared en la que
estaba la barra, un cuadro de proporciones gigantescas mostraba a una
mujer tumbada de lado en la cama completamente desnuda, con el pelo
moreno revuelto sobre su cara y su sexo tapado por la posición de su
pierna plegada. Me quedé impresionado con la pintura, yo no tenía
ni pajolera idea de arte, pero sabía reconocer algo que me
impresionaba y ese cuadro lo hacía. Podía ser el realismo con el
que estaba pintado o simplemente el enigma y al mismo tiempo
fascinación que me producía tener que imaginarme el rostro de tan
bella mujer, el cual sólo se intuía debido a su cabello. Fabrizzio
tuvo el pésimo detalle de sacarme de mis cábalas e imaginaciones
con respecto a ese rostro oculto con una dolorosa y sonora palmada en
mi espalda.
-
¿Qué, Torinese? ¿Te gusta mi nuevo restaurante-cafetería?
Alcé
las cejas impresionado de que también fuera restaurante y de que
fuera suyo. Además, que eso de que fuera “nuevo” invitaba a
pensar que no era el único local que tenía.
-
Sí, sí. Muy bonito –mentí como un bellaco. De haber sido sincero
le habría preguntado que si al encargado de la decoración le habían
pagado en plomo, porque se merecía un tiro en la rodilla, siendo
generosos-. Lo mejor de todo el cuadro.
Y
señalé la pintura de la mujer que, según me imaginaba, daba nombre
al bar.
-
Muchas gracias. Me siento especialmente orgulloso de ese cuadro.
Cuando le estaba dando los últimos retoques supe que no lo colgaría
en la pared de mi casa, una obra como esta es para compartirla y
hacerla pública, así que aproveché que ya estaba a punto de abrir
el restaurante y hasta le di el nombre del cuadro –dijo mientras me
apretaba el hombro con una mano, exhibiendo una sonrisa de oreja a
oreja.
Estaba
completamente boquiabierto con la aclaración de Fabrizzio. Él era
el pintor. ¡Flipa! Me dejó tan pasmado que no supe que decir. ¿Y
si me había equivocado de cabo a rabo y el Sr. Aragonese no tenía
una reputación tan temible como yo me imaginaba? Bien podía ser un
pintor afamado y que yo estuviera aquí juzgándolo por señalar a
todo napolitano un tanto peligroso como camorrista.
-Yo
no tengo ni idea de cuadros Fabrizzio, pero de mujeres sé un rato y
esa es preciosa.
-
¿Sí? ¿Te parece guapa?
Asentí
con la cabeza y el gesto torcido. Era algo obvio. La belleza es
subjetiva, pero hay mujeres tan jodidamente preciosas que su
hermosura es una verdad absoluta. Esa mujer, en concreto, estaba
buena no, lo siguiente, más incluso que Federica. Y eso ya era decir
mucho.
-
Lo es –maticé un poco tajante para no admitir dudas al respecto
sin dejar de mirar la pintura-. La única pena es que sólo se pueda
intuir su rostro, me dejas con las ganas de apartarla el pelo y
descubrir por mi mismo cuan guapa es de cara.
El
napolitano se rió con mi comentario y me palmeó la espalda con
delicadeza, lo cual agradecí un huevazo. No quería llegar lleno de
moratones a casa, que a mi pálida piel no la sentaban nada bien los
cardenales morados y/o rosáceos. Por lo visto le gustó mucho mi
opinión ya que Fabrizzio rápidamente le indicó algo a su chófer
en napolitano y este asintió con la cabeza antes de encaminarse
hacia la salida. Apenas hubo cruzado el umbral el gordo silencioso su
jefe pareció recordar algo importante y se lo gritó, recibiendo de
nuevo una señal afirmativa de su cabeza. Agradecí mentalmente que
desapareciera de nuestra vista, ese tipo no compensaba su
desagradable físico con una entrañable personalidad.
-
Anda, ven. Siento no invitarte a cenar Torinese, pero tengo cierta
urgencia en volver con mi madre –dijo el pintor.
-
No te preocupes, lo entiendo perfectamente –respondí conciliador
pensando en que yo quería volver con mi novia y solucionar nuestras
movidas.
Avanzamos
por el pasillo central que separaba las mesas de la barra y Fabrizzio
saludó con un gesto a los chavales que trabajan sirviendo a los
clientes. Advertí que todos le saludaban por su apellido y con el
Señor por delante, lo cual me hizo sentir en cierta manera
privilegiado. Yo le tuteaba y eso producía un pequeño eco en mi
ego. Incluso no me importaban las pintas que llevaba en semejante bar
elitista, donde mi sudadera sucia de sangre daba el cante de narices.
Al fin y al cabo entraba en esa cafetería apadrinado por el dueño.
Llegamos al fondo del bar donde había un conjunto de mesas con el
cartelito de “Reservado” encima de ellas y con mucho desparpajo
Fabrizzio tomo asiento en la que más esquinada estaba. No me pasó
por alto que se sentó con la espalda pegada a la pared y la puerta
de entrada del bar enfrente suyo. Quizá fue casualidad pero algo en
mi interior me hacía dudar de ese pintor con aires de “a mi nadie
me tose”, pero bien podía ser que fuera uno de esos artistas
excéntricos bohemios. Me senté enfrente suyo mientras él llamaba
con un chasquido de dedos a uno de los camareros. Torcí los labios,
yo había trabajado toda mi vida en la hostelería y esa manera de
llamar la atención me parecía irrespetuosa a más no poder, opinión
que me guardé para mis adentros, obviamente.
-
¿Te gusta el Moet-Chandom, Torinese? –me preguntó el napolitano.
-
Esto… No sé –dije encogiéndome de hombros ante semejante
ofrecimiento-. Nunca he bebido Moet.
Ni
nunca pensé que lo haría, pensé sin llegar a decir, que ya debía
de estar quedando como un garrulo en semejante garito de lujo y
ostentación como para quedar encima de pobre. No obstante mi
comentario hizo sonreír a Fabrizzio que pidió una botella de ese
champán francés y tres copas. Me quedé un poco pillado ya que
nosotros sólo éramos dos, pero pronto caí en la cuenta de que
faltaba el chófer y suspiré con resignación. Al final el
cavernícola ese nos iba a hacer compañía, yo que esperaba que
hubiera desaparecido para siempre, o al menos hasta que nos
volviéramos a meter en el coche y me llevara a casa. El camarero nos
sirvió el champán muy diligentemente, pero la tercera copa tuvo que
dejarla vacía ya que con un gesto de la mano Fabrizzio así se lo
indicó. Justo en esos momentos mi móvil sonó avisando de que había
recibido un mensaje y yo, como un resorte, lancé mi mano al
bolsillo. Estaba tan pendiente de que Fede me dijera algo que ni
siquiera percibí lo extraño que era el que me enviara un mensaje.
Sólo tenía anhelo de sus palabras, de poder arreglar lo nuestro
antes de que se fuera a la mierda gracias al napolitano que, muy
amablemente, me había invitado a beber un champán francés de cojón
y medio el litro. Que yo le agradecía al Señor Aragonese toda la
buena voluntad que había compartido conmigo, pero mis únicos deseos
en esos momentos era hacer las paces con mi chica. Debido a eso mi
gozo quedó en un pozo cuando vi que el mensaje era de mis colegas de
fútbol cagándose en mi estampa por no haber ido al partido. Suspiré
dejando que el alma se me saliera por la boca. Fede seguía sin dar
noticias y, sabiendo lo opresiva que era incluso en la distancia, eso
no auguraba nada bueno.
-
Agnese -dijo de repente el Señor Aragonese.
Levanté
la vista del móvil y reparé en que Fabrizzio miraba por encima de
mi hombro con esa sonrisa lobuna suya bastante suavizada. Fui a
volverme para ver a quién llamaba, pero no hizo falta ya que un
monumento de mujer, precedida de un orondo chófer, llegó hasta
nosotros y saludó con sendos besos al pintor.