El sol calentaba con fuerza ese sábado. Mi madrina Simona y yo habíamos aprovechado que hacía tan bueno para tomar mi tradicional almuerzo de cumpleaños en la terraza de uno de los restaurantes del centro comercial. A mi me gustaba esta costumbre, ya establecida desde que era niña. Como el trabajo de mi tía la obligaba mucho a viajar apenas la veía a lo largo del año. Por lo general venía en Navidades, aunque no todas, pero el día de mi cumpleaños era sagrado. Simona nunca se había perdido uno. Cuando era pequeña no me daba cuenta, pero a estas alturas de la vida ya me había enterado que mi madrina siempre se cogía vacaciones en la época de mi cumpleaños adrede. Aunque siempre me llamaba una vez al mes ella decía que le encantaba cumplir con su labor de madrina aunque fuera una vez al año, y que mejor día que el de mi cumpleaños. Así que año tras año repetíamos el mismo ritual, el sábado siguiente a mi día nos íbamos a un centro comercial y me daba carta blanca para elegir de todas las tiendas lo que más me gustara a modo de regalo, y luego, a mayores, ella me hacía su presente personal. La mañana siempre acababa con las dos en uno de los restaurantes, chismorreando llenas de complicidad.
Mi tía Simona fumaba pausadamente mientras disfrutaba de su café. Yo ya me había acabado mi postre, una mousse de limón con atrezo de arándanos glaseados. Mirando a mi madrina volví a pensar en que de mayor me gustaría ser en parte como ella. Era un pensamiento un tanto lógico, Simona era muy alta, de piernas largas y melena rubia. Su palidez hacía juego con su cabello y sus ojos, que eran azules. Pero más allá de su belleza física poco española lo que más admiraba de ella era su aire sofisticado, que lo lucía con total naturalidad, como si hubiera nacido así y no pudiera ser de otra manera. Era muy elegante vistiendo, como si siempre viniera de una entrevista de trabajo y su mirada era super inteligente. Siempre parecía que estuviera leyendo entre líneas todo lo que veía. Además, era Simona abrir la boca y comprender que su aspecto físico era una prolongación de su lúcida mente. Mi madrina era una triunfadora, tanto en el ámbito laboral como con los hombres. Precisamente sobre estos últimos eran de los que siempre acabábamos hablando.
- ¿A qué chico tienes pensado sorprender con ese vestido tan ibicenco que has escogido? –me preguntó mi madrina sosteniendo el cigarro entre dos dedos con el codo apoyado en la mesa.
Me ruboricé al instante, pensando en qué no podía ser tan evidente para ella que hubiera elegido el vestido con perspectivas de encandilar a Rubén.
-¿Cómo lo has sabido?
- Ay, niña, que tu madrina también tuvo tu edad en su momento –me respondió sonriente, mostrando esos perfectos dientes blancos-. El vestido que has elegido está hecho para seducir.
Su sonrisa confidente me hizo sonreír de oreja a oreja. Todo lo que no había aprendido por mi propia experiencia sobre los hombres Simona se encargaba de enseñármelo. Estaba siempre muy pendiente de mis ligues, y no es que fuera una meticona, a mi me encantaba compartirlo con ella. Toda la confianza que me faltaba con mamá para hablar de chicos y sexo la tenía con mi madrina. No sé cómo empezamos con todas estas confidencialidades, me imaginaba que el hecho de verla tan pocas veces afianzaba mi creencia de que nunca desvelaría los secretos que con ella compartía. Precisamente fue a Simona a la adulta que pedí consejo antes de perder mi virginidad con Dani.
- Se llama Rubén –la respondí sin un ápice de rubor-. Trabaja de camarero junto con un amigo mío en un bar de copas.
Simona acercó su cara un poquitín más a mi, pidiéndome con gesto impaciente que continuara y no la dejara en la mitad de la historia.
- Hemos tonteado un poco, bueno, más bien él conmigo –dije con un mohín de desapruebo-. Lo único que no soy con la única que tontea.
- Vete acostumbrándote Diana, los hombres no son animales de un solo dueño.
Reí vivaracha, fijándome en los ojos glaucos de Simona, tratando de discernir si lo decía en broma. Algo en ella me decía que no, no sabría precisar si era esa sonrisa medio oculta por el humo que arrojaba fuera de su boca o por ese aire de resignación con la que había hablado. Lo que sí tenía claro es que esa frase me la apuntaba para decirla yo en el momento que fuera conveniente. Era una frase de veterana.
- Pero eso no tiene por qué importarte, niña –prosiguió Simona removiendo el café con la cucharilla- La cuestión es para qué le quieres tú a él.
Me encogí de hombros sin acabar de tenerlo claro yo tampoco. Después de mi experiencia con Dani volver a enamorarme se me antojaba peliagudo.
- Francamente no lo sé, Simona.
Mi madrina sacudió la ceniza del cigarro en el cenicero y me miro con esos ojos penetrantes y profundos para acabar sonriendo y darme un achuchón cariñoso en la mano.
- Entonces descúbrelo –me propuso guiñándome un ojo con mucha picardía-. Puede que Rubén sea ese hombre con quien compartir el resto de tu vida o puede que sólo sirva para darte placer.
Volví a reír sin acabarme de creer del todo la clase de consejo que me había dado mi madrina. Eso era lo que más me gustaba de Simona, que no me trataba como una niña aunque se refiriera a mi muchas veces por ese término. Mientras que mamá parecía empeñada en que descubriera el amor verdadero y fuera feliz como si mi vida de un cuento de Disney se tratase, mi tía Simona siempre me instaba a agarrar la vida por los cuernos y que fuera lo que Dios quisiera.
- No te rías –añadió riéndose ella también-. Eres joven, inteligente y bien dotada. Tienes todas los medios que la naturaleza puede dar a una mujer para poner a tus pies a cualquier hombre. Nunca lo olvides, niña. Puedes hacer que Rubén te ame con locura o bien usarle y tirarle. Tú decides.
Desvíe la mirada sintiendo un poco de apuro. Yo no era de esas, eso le pegaba más a Carolina. Echarme hacia delante me costaba mucho. Yo era más recatada, menos atrevida. No gozaba de esa confianza en mi misma para hacer lo que Simona me sugería. Me gustaba que las cosas salieran solas, así todo era más natural y mágico. Miré a mi tía con una débil sonrisa en los labios y negué suavemente con la cabeza.
- No es tan sencillo. Al menos no para mi –dije cambiando mi cruce de piernas-. No me siento bien jugando a “ese” juego. No sé... ¿De verdad crees que podría manipular a Rubén a mi antojo?
- Sin duda alguna –me respondió mi madrina con la misma obviedad con la que habría asegurado que la Tierra gira alrededor del sol.
Apoyé mi mentón sobre la palma de mi mano mirándola sin verla, evaluando la posibilidad de soltarme esta noche y confirmar las palabras de mi madrina. Soplé un mechón de pelo que me caía sobre la boca y lo aparté definitivamente con la mano. La sonrisa que exhibía Simona me pareció harta sospechosa y tras mirarla a los ojos supe que escondía algo detrás de la curvatura de sus labios.
- Creo que ya sé porque llevas tanto tiempo soltera –aventuré dando palo de ciego-. No es por falta de pretendientes, si no porque usas y te deshaces de ellos a tu antojo.
Mi tía se rio en un tono tan suave que parecía muda. Puso su mano sobre la mía y acercó su rostro.
- Ya sabía yo que no eras tonta, Diana. Casi casi. Sí, en parte sigo soltera porque quiero y prefiero usar a los hombres tal y como ellos usan a muchas mujeres, pero fundamentalmente no me vinculo emocionalmente a ninguno porque no tengo tiempo. Mi trabajo, el cual adoro, hace que esté viajando continuamente. Formar una familia se ha quedado en una ilusión que tuve cuando era niña –dijo Simona y apagó su cigarrillo contra el cenicero y dio un sorbo a su café-. De todas maneras, siendo sincera, puedo contar con los dedos de una mano a los hombres que he conocido a los cuales serían dignos para tener un hijo conmigo. En esta vida, niña, ser guapa e inteligente no es tan buena combinación como parece ser. Muchos hombres con los que he hecho negocios han valorado más mi culo que mis ideas, y a la mayoría de ellos te puedo asegurar que les saqué tratos con condiciones muy ventajosas para mi empresa gracias a ello. Siempre con mucha mano zurda, siempre aprovechando que ellos sólo sabían mirar mi físico.
Yo miraba a Simona con los ojos entrecerrados. Ya me imaginaba parte de lo que acababa de contar, pero nunca llegué a hacerme una idea del por qué. Arrugué la nariz sin que me gustara del todo lo que me había acabado de decir. No entendía cómo había renunciado al amor por su trabajo, yo siempre había pensado en el trabajo como un medio para ser feliz, no un fin en si mismo. Y no sólo era eso, ¿renunciar a formar una familia por la carrera profesional? Yo no quería tener una familia ya, pero en un futuro, con 25 ó 28 años sí. Por eso me chocaba muchísimo todo lo que me había contado mi tía Simona.
- Ays, niña, que no te ha gustado ni un pelo lo que te acabo de decir –me dijo como si me hubiera leído la mente tomando mis manos con las suyas.
- No, bueno, sí. Es que no comparto tu punto de vista –puse cara de que no me gustaba llevarla la contraria-. Yo quiero formar una familia, no ahora, por supuesto, y también quiero encontrar al amor de mi vida. Ese con quien compartir mi vida, mi familia y tal. Es sólo que no comprendo como puedes renunciar a ello por un trabajo por muy bueno que sea.
Me había sincerado con mi tía y ahora la miraba expectante, poniendo esperanza ciega en no haberla desilusionado con mi comentario. La apreciaba muchísimo y no quería por nada del mundo fallarla de algún modo. Sin embargo todos mis temores eran infundados, sólo tuve que mirarla a los ojos para darme cuenta de que lo que había dicho la había conmovido.
- Eres una ricura, Diana –dijo mi madrina sonriendo con orgullo-. Por supuesto que no estoy diciendo que mi modo de vida sea el correcto. El tiempo quita más que da, niña, y lo único que muchas veces otorga es experiencia, la cual comparto contigo en conversaciones como esta. No pretendo tener razón, sólo que veas el mundo con amplitud de miras. Que los hombres pueden ser muy puñeteros y golfos, pero que también pueden ser ese príncipe azul que siempre soñó una. Lo más importante, Diana, es que no escojas a un golfo para que sea ese príncipe, y eso sólo lo consigue una mujer conociendo la verdadera naturaleza de los hombres, siendo consciente de cómo son y por qué. Eso es lo quiero compartir contigo, no hacerte a mi imagen y semejanza. Tú eres mucho mejor persona de lo que yo seré capaz de ser nunca, aunque me lo propusiera.
Simona me sonreía de tal manera mientras estrechaba mis manos con fuerza entre las suyas que me di cuenta de que se había conmovido. Ladeé la cabeza sonriendo yo también. Apreciaba mucho cada conversación con ella, mi madrina nunca me decía cosas como “lo entenderás cuando seas mayor”, simplemente compartía su experiencia conmigo y dejaba que yo misma fuera la que determinase si lo que me contaba era aplicable a mi vida. Exactamente como ahora.
- Creo que Rubén es uno de esos “golfos” –concluí escapándoseme una carcajada.
- ¿Y qué harás? –me preguntó Simona sonriendo.
- No lo sé. ¿No dejar que se aproveche de mi porque intuya o sepa que él a mi me gusta? –aventuré tratando de dar con la respuesta adecuada-. ¿O mejor me aprovecho yo de él?
- Ambas son buenas opciones, aunque tendrás que comprobar si hay algo en Rubén de lo que aprovecharse.
Y nos reímos las dos juntas como las cómplices que éramos.
- Tenme al tanto de lo que ocurre con Rubén, niña –dijo Simona echando mano al bolsillo.
Ni qué decir tenía que así lo haría, pero no fue por eso por lo que arrugué la nariz. Ya sabía que la comida llegaba a su fin antes de que mi madrina llamara al camarero para pedirle que le cobrara.
- ¿Ya está? ¿Se acabó?
Me daba pena tener que despedirme de ella. Recuerdo los berrinches que me cogía de pequeña cuando llegaba el momento en que sabía que no volvería a ver a mi madrina hasta el próximo año y la verdad es que estaba tentada de volverlo a hacer ahora.
- No, niña, todavía no –dijo teniendo en su boca una sonrisa contenida.
Fue entonces cuando sacó de su bolso lo que seguro era un libro envuelto en papel de regalo con un enorme lazo rojo. Miré el regalo y la miré a ella a continuación. Por mucho que lo intentara mi tía no podía disimular esa sonrisa de ilusión. Ataqué con dedos y uñas el envoltorio y en un abrir y cerrar de ojos me encontré sin habla. En la tapa vieja y descolorida del libro estaba escrito el título de mi novela predilecta.
- “Los tres mosqueteros” –musité pasando las primeras hojas, amarillentas y más rígidas de lo normal todas ellas, con un tacto raro, distinto al que estaba acostumbrado.
- Es una edición de inicios de siglo, de cuando los libros todavía eran hechos con mucho mimo –comenzó a explicarme Simona-. Si te fijas verás que las hojas no son de celulosa si no que son como un tejido. Por eso está tan bien conservado. La celulosa tiene una esperanza de vida media de unos 70 años, sin embargo el libro que tienes en tus manos estará casi en las mismas condiciones que ahora cuando decidas dejarlo como herencia a tu nieto favorito.
Me abracé a mi madrina por encima de la mesa repitiendo una y otra vez “gracias”. El camarero tuvo la amabilidad de esperar y no interrumpir para entregar la cuenta.
Quién pudiera follarse la mente de Simona...!!
ResponderSuprimirEah ahí, ¡qué sorpresa! Joder, me ha molado tu comentario, no era consciente de lo mucho que Simona encaja en la canción "Ninguna chavala tiene dueño" hasta que tú lo has dejado caer. ¡Gracias por pasarte!
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